Pero… ¿Qué pasaría si tuviéramos todo? Si ya no esperáramos a ese “gran amor” y realmente disfrutáramos lo que tenemos hoy. Si nos sintiéramos felices así. Si dejáramos de pensar que nos falta una pieza para estar completos. Si nos olvidáramos de lo que nos falta y nos enfocáramos en agradecer y apreciar lo que SÍ tenemos. ¿Elegiríamos con más cuidado con quien compartir nuestro tiempo? ¿En quién pensaríamos cuando nos sintiéramos completos?
¿Qué pasaría si nos acercáramos al otro con las manos llenas? Si dejáramos de preocuparnos por lo que nos van a dar y más bien nuestra intención fuera DAR. Si nos encargáramos de nuestra felicidad y nuestros sueños, en vez de esperar que alguien más nos venga a iluminar la vida.
Yo creo que las cosas serían muy diferentes. Al sentirnos queridos y felices, dejaríamos de exigir, de esperar o actuar por desesperación. Ya no toleraríamos malos tratos, ni rogaríamos por amor. Tendríamos la fuerza de retirarnos de las situaciones que nos hacen daño.
Las cosas cambian cuando logramos entender que el propósito de las relaciones no es curar la tristeza o aliviar la soledad, sino más bien se trata de pulirnos para hacernos mejores personas. Logramos conocernos realmente a través de los demás y al final terminamos enamorándonos de aquello a lo que le damos, no a lo que le quitamos o le sacamos provecho. Somos felices cuando nos volvemos la causa de la felicidad de alguien más.
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